
Un día discutí por teléfono con una persona a cuyo encuentro iba. Después que cerré el auricular me embargó un gran pesar, pues sabía que el altercado sería aún mayor cuando estuviéramos frente a frente. Pensé que no tenía el menor deseo de pelear, pero parecía imposible que esto no pasara.
Conocía lo suficiente al adversario como para saber que se encontraba furioso y había llegado al nivel en que los argumentos sólo parecían funcionarle a gritos. Casi me resigné a enfrentar una situación incómoda que, al final, no serviría de nada. En el camino, a escasos minutos de llegar al “segundo asalto”, tomé una decisión.
Entré a una iglesia y, ante la capilla del Santísimo, oré unos minutos. Totalmente calmada me levanté y retomé mi camino. Cuando llegué, la persona me esperaba serena. Tratamos el tema “espinoso” con argumentos sopesados y sensatos. Continuar leyendo ‘Yo creo’



