El recuerdo más traumático de mi niñez es el de un día en que acompañé a mi hermanita al médico porque tenía un acceso en la cabeza. Mi papá fue quien nos llevó y el doctor lo convenció de que no valía la pena ponerle una anestesia porque, debido a la infección, ésta no surtiría efecto.
Así que tomó un bisturí y la operó a sangre fría mientras yo, mas pequeña que ella, le sujetaba las manos. Teníamos como ocho y siete años y todavía lloro cuando pienso lo que sintió aquella niña indefensa aprisionada por su padre y su hermana mientras era “torturada”. Para entender cómo mi papá pudo aceptar algo tan inhumano, la explicación es que la palabra de aquel médico, un viejo amigo suyo, era palabra de Dios. Continuar leyendo ‘Doctores, nos duele’
