Estábamos fuera del país y mi hijo de seis años me preguntó mientras miraba por la ventanilla del carro. ¿Mami, aquí no hay pobres? Yo también miraba por la ventanilla pero sólo cuando escuché su pregunta hice conciencia de que lo que había a nuestro alrededor debía resultarle al niño muy distinto a lo que observa cuando va camino al colegio, a la misa de los domingos o alguna clase extracurricular.
El paisaje de nuestra ciudad, es un arrabal lleno de basura y mendigos. El día antes de salir de viaje, circulamos por una avenida de la Capital en la que los vecinos de los alrededores decidieron convertir la isleta que separa las dos vías en un depósito de basura. Ahí, sin ningún pudor, exhibían los desperdicios dándole al entorno un aspecto casi trágico de inmundicia y abandono. Continuar leyendo ‘Se pudre el paraíso’