El pequeño tramposo

Tenía seis años, casi siete, pero aparentaba cinco, casi seis. Su cuerpo diminuto y delgado fue siempre una ventaja, hasta un día. Pero, mientras llegaba ese momento, él lo disfrutaba. Lo llevaban en hombros con frecuencia, porque casi no pesaba, parecía una pluma.

Cuando nació, era el más pequeño entre tres bebés así que, para identificarlo, la empleada doméstica le llamaba “el chiquitico” y, pese a que los años pasaban, el apodo se le quedó y le servía bien, por su talla “small”.

Además del peso y el tamaño, la carita también le ayudaba a aparentar menos edad. Con frecuencia, surgían comentarios cuando lo presentaban a amigos de sus padres. Por lo general, alguien exclamaba “qué carita tan tierna, parece un angelito”.

Esto ocurrió tantas veces que dio pie a que el hermano mayor, en una explosión, exclamara: “Tiene la carita de angelito pero por dentro es un diablito”. La “grave” acusación se debía a que aquella “criaturita” podía convertirse en la pesadilla de sus compañeros de juego por sus travesuras y energía desmedidas. Así que lo que le faltaba en tamaño le sobraba en picardía.

En cierta ocasión, el pequeñín asistió junto a su familia a un gran parque de diversiones a donde llegó con más entusiasmo que ninguno y dispuesto a probar todos los juegos por arriesgados que parecieran.

Pero, por primera vez en su vida, su pequeña estatura se convirtió en un obstáculo. Cuando se quiso subir en una enorme montaña rusa, el empleado encargado del aparato lo tomó por una mano y le mostró una media pintada en la pared.

El “chiquitico” no alcanzaba ni a la mitad del tamaño requerido. Así que, mientras sus hermanos volaban a toda velocidad, él se perdió del extraño placer de sentir que el estómago se sube a la altura del corazón, el corazón sube a la boca, los ojos se brotan y la cabeza parece llenarse de aire.

En lugar de vivir un instante de vértigo, debió conformarse con unas tazas giratorias, tan divertidas que le hicieron olvidar el percance. Pero… la alegría le duró poco. En un siguiente juego, de nuevo, lo hicieron pararse frente a la medida requerida que era distinta a la primera.

Esta vez, le faltaban escasas pulgadas pero igual, le negaron el acceso. Como el “chiquitico” no anda llorando con frecuencia, cuando lo hace, suele enternecer y, más aún, si quien lo observa es su papá que mataría por verlo feliz. Así que, tras darle un par de instrucciones, padre e hijo volvieron a la fila de la cual el pequeño había sido descartado.

De nuevo, otro empleado a cargo de la “Aventura de la momia”, lo sacó a un lado y lo llevó hasta la molesta pared que indicaba el tamaño requerido para subir a la diversión. Paradito, el pequeñín alcanzó la cima de la raya negra que marcaba los centímetros.

Aprobó triunfal la medida requerida y se montó en el anhelado juego. Repitió la proeza una segunda vez, para subir a la “Montaña rusa del Rock”, ante la sonrisa, casi risotada, de su padre y cómplice que miraba divertido cómo el “chiquitico” hacía trampas, empinando los pies, para parecer más alto.

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